Colombia, un país de paradojas

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Colombia es un país de paradojas. De paradojas tristes, crueles, desesperanzadoras. “Mientras el Dane anuncia que la economía colombiana alcanzó en el 2006 un crecimiento de 6,8 por ciento (algo no visto desde 1978), la muerte de 17 niños en el Chocó por enfermedades causadas por deficiencias de nutrición y salubridad pone en evidencia, una vez más, la pobreza y el abandono en que viven miles de compatriotas en una región del país que nunca ha conocido la prosperidad…” (El Tiempo, Editorial, 27 de marzo de 2007).
 
Y mientras esta paradoja se digiere con indignación patria, aparecen otras del mismo tenor: Planeación Nacional, acaba de decir que en Colombia los pobres somos menos, sin embargo, en el Chocó como otra partes del país, el drama de la pobreza aumenta. La distribución del ingreso ha mejorado lo que ha impactado favorablemente las cifras sobre indigencia, dicen en Planeación jactanciosos de la buena nueva. Tal vez tengan razón, somos menos pobres, porque los pobres en Colombia nos estamos muriendo de inanición, de falta de atención médica, víctimas de la guerra y la inseguridad nacional. Sí, tal vez las cifras oficiales no mientan, somos menos víctimas del exterminio y del abandono del Estado, y, ahora, más hambrientos que antes.

Paradojas van paradojas vienen como maldición eterna. Olvidadas regiones,  ricas en recursos naturales, se mueren de pena y dolor, a pesar de las bondades de sus suelos y subsuelos,  llevan a cuestas la condena de la pobreza  y, de ñapa, el estigma de la violencia y la enquistada corrupción. Arauca por ejemplo, tierra petrolera, sufre del mal de las paradojas: sus regalías van a parar a manos de los corruptos, guerrilla y paramilitares, y la población sigue con las mismas necesidades básicas. Hace muy pocos meses, la Jagua de Ibirico, en el Cesar, entregó una vida para que los gobiernos local y nacional se conmovieran del estado de abandono en que se encontraba la comunidad, muy a pesar del carbón de piedra que explotan las multinacionales apoltronadas en ese departamento. La Guajira sufre del mismo mal, muy rica en carbón y gas natural, pero sus indígenas viven en un estado de abandono extremo.

Las paradojas están en todas partes. La fuerza pública, esa que tiene el encargo de proteger la vida, honra y bienes de los colombianos, se ve seriamente comprometida con los profesionales de las motosierras y del narcotráfico. Miembros del ejército, por ejemplo, resultaron ser aliados, por acción u omisión, del mal que mata las libertades de los ciudadanos. Colombia no debe olvidar los crímenes de lesa humanidad, ni permitir que todo suceda con la complacencia de los que deben garantizar el orden. Mapiripán, Chengue, Gautarilla, Cajamarca, y otras masacres que involucran a la fuerza pública, con el sello de la impunidad, son una vergüenza para el Estado, pero, más que eso, el mismo Estado debe esclarecer los hechos y castigar a los culpables.

Hay una paradoja, entre muchas, que el país debe rechazar con vehemencia, antes de que haga más daño. Mientras los niños se mueren de hambre y de enfermedades diarreicas comunes; mientras en los pueblos, sobre de todo del Caribe, las comunidades sufren el rigor de veranos cada día más severos sin que se les dé una solución estructural para abastecerse de agua potable; mientras en los pueblos miserables, como los de la región chocoana, la educación todavía sigue siendo un privilegio y no un derecho; mientras esa realidad mata a miles compatriotas de pena y olvido,  en el Congreso de la República, por iniciativa del gobierno, cursa un proyecto (acto legislativo) para recortar las transferencias.
 
Sí, los recursos que se destinan a los entes territoriales, esencialmente para educación, salud, y agua potable. ¿Es que sobran los recursos para las regiones olvidadas? Al actual gobierno hay que decirle que las cosas no se solucionan cuando aparecen niños en la televisión con la barriga pegada al espinazo, que los problemas no se solucionan con visitas oficiales llenas de compasión hipócrita, mucho menos con limosnas estatales. A la dignidad humana se le debe dar permanentemente lo que se merece.

¿Cuántas paradojas más tendremos que soportar para vivir en un país justo? ¿Seguiremos viviendo de estadísticas mentirosas, mientras los niños mueren de hambre, mientras la indigencia ronda las ciudades y en el campo rasguña los frutos de la violencia y el olvido?