Debate a la plaza

Opinión
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Viendo a uribe en la plaza de Bolívar, en el encuentro con el profesor Moncayo, reviví una vieja imagen de los días en que él era alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia y yo profesor de sociología.

Viendo  a uribe en la plaza de Bolívar, en el encuentro con el profesor Moncayo, reviví una vieja imagen de los días en que él era alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia y yo profesor de sociología. El movimiento estudiantil era una vigorosa fuerza de izquierda. En una gran asamblea se discutía si se declaraba o no el paro. La mayoría del estudiantado estaba a favor. Se aplaudía una proposición defendida por Amílkar Acosta, presidente del Consejo Estudiantil. De un momento a otro, un estudiante desconocido, pequeño, flaco, de corbata roja y vestido de paño, pidió la palabra y contra viento y marea se opuso a la iniciativa mayoritaria. Era Álvaro Uribe. La rechifla fue general. Un gesto valiente, sin duda. Aunque cabe agregar que la universidad estaba rodeada de policía, lista en cualquier eventualidad a entrar a palazo limpio a defender al joven liberal.

El jueves, después de esperar a ser recibido por el profesor Moncayo y de discutir en privado las diferencias, el señor Presidente se enfrentó a una mayoría de ciudadanos que lo rechazó a voz en cuello. Uribe, probón como siempre, tildó a sus contradictores de subversivos. Copó con gritos y gestos melodramáticos los micrófonos de los medios para ahogar la rechifla contra su negativa al despeje y la exigencia de rendición de los guerrilleros encarcelados. Trató de leer las cifras con que descresta a la comunidad internacional, pero la voz de protesta no mermaba. Mientras el comisionado de Paz, doctor Restrepo, se acomodaba los calzones cada vez que Uribe gritaba, Moncayo lo miraba con un no disimulado desencanto, para no decir desprecio.

El Gobierno volvió a cerrar la puerta a un acuerdo humanitario. La guerrilla de las Farc también ha cerrado la otra puerta pidiendo el despeje de los municipios de Pradera y Florida y aceptando de hecho el asesinato de los diputados del Valle al no entregar sus cadáveres. Son las dos tapias, sordas al dolor y al clamor de una gran parte de la población civil de las que habla Moncayo. Uribe trató de burlarse de la caminata de más de mil kilómetros que ha hecho un anónimo ciudadano al calificar la heroica jornada de “un sano ejercicio de la democracia”, a lo que el profesor respondió con prudencia y serenidad: “no hay que lanzar propuestas por lanzarlas, hay que sentarse a negociar”. En otras palabras: no haga demagogia, señor Presidente. Por algo el profesor dejó hablando solo al primer mandatario, que al final, furioso, se escondió entre sus escoltas y se fue con su música a un consejo de seguridad en Arauca.

En el fondo, el muñequeo entre el Gobierno y la subversión, incluido el Eln, es sobre el carácter político que la institucionalidad, como se llama ahora, le niega a la guerrilla y le otorga con temerosa generosidad al paramilitarismo. Ese es el verdadero sesgo que, más que ideológico, es político y jurídico. Torcerle el cuello a la Corte Suprema de Justicia, apoyado en la gavilla que el Presidente tiene en el Congreso, no es un sano ejercicio democrático sino un acto de dictadura, como las mismas Cortes lo han denunciado esta semana. En Putumayo es de todos sabido que Muela Brava o Muela Dura, o como se llame el jefe de los paramilitares de una región que esconde 3.000 cuerpos en cementerios clandestinos, obligaba a sus soldados a comer, literalmente, del muerto para ingresar a las estructuras de autodefensa del orden establecido. ¿La antropofagia será considerada en adelante, como dice el representante Rivera, un acto de sedición; y la colaboración de algunos altos mandos militares con el narcotráfico, un acto de lealtad a la Seguridad Democrática? Al ritmo que vamos, allá llegaremos.