Las FARC-EP y UNASUR

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Opinión
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{image}http://www.eldia.co/images/stories/personajes/camega.jpg{/image}La carta enviada por las FARC-EP a UNASUR solicitando un espacio para presentar el conflicto colombiano, buscando convocar a la comunidad de naciones a contribuir en la construcción de la salida negociada,  amerita, una reflexión sobre esa posibilidad, en un contexto en el que se modifica la naturaleza de la guerra y cambia de sentido la negociación política. Un par de preguntas que es necesario formularse son: ¿desde donde están leyendo el momento político regional las FARC?...y ¿Cuál creen es el tipo de guerra que están enfrentando?...

El nuevo gobierno ha venido hábil y  rápidamente reconstruyendo las relaciones con los países latinoamericanos y en particular con los que conforman y lideran UNASUR: Ecuador ha mostrado la mayor disposición para reconstruir las relaciones con Colombia y los pronunciamientos de la cancillería ecuatoriana dan casi por superadas las dificultades y,  es el país que mantiene,  temporalmente, la presidencia del organismo que ha sido concebido como un espacio para la interlocución de los gobiernos de la región. El encuentro entre los presidentes Santos y Chávez dio por terminada la crisis con Venezuela e inicio un proceso rápido de trabajo en mesas binacionales sobre los aspectos más críticos de la relación y la necesidad de atender las urgencias de la población de la frontera. Pronto se producirá el encuentro del presidente colombiano con el primer mandatario de la región,  Ignacio Lula Da Silva,  en el que seguramente se fortalecerán las relaciones con Brasil en temas comerciales, pero también de seguridad. Los gobiernos de Perú y Chile, respaldan incondicionalmente el gobierno colombiano por su afinada política  y, Uruguay, Paraguay, Argentina  e incluso Bolivia, se moverán en el ámbito de la diplomacia internacional, sin comprometerse. Total el escenario para presentar esa propuesta es potencialmente adverso y “atemporal”.

Es indiscutible que las condiciones de las relaciones políticas en la región han cambiado desde la época de  las reuniones del Grupo de Rió, en las que el choque de las miradas y saludos de los presidentes Uribe y Correa llenaban de escepticismo el panorama político regional, y se producían acalorados debates en las Cumbres de UNASUR  sobre los apoyos al terrorismo y la presencia de las bases militares norteamericana en la región teniendo como plataforma de operaciones a Colombia;  hoy, se expresa una clara voluntad política de  reconstruir las relaciones entre los países vecinos con el beneplácito de la comunidad de Suramérica  y, la Corte le bajo el tono a la presencia de las bases militares, sin que ellos signifique que el acuerdo se haya relegado. 

Total, las  FARC- Ep se equivocan si se creen con “autorización” para enredar en las vicisitudes de sus  propias lógicas de guerra y enemistad, a los gobiernos vecinos y a sus respectivos procesos de construcción democrática alternativa, con todos los problemas que tienen y  a puertas de periodos electorales,  que definen, como en el caso venezolano,  la continuidad de un proyecto que tiene que enfrentar grandes dificultades internas en todos los aspectos.

No existe la menor duda en la comunidad internacional y en los sectores democráticos del país que un proceso de dialogo y negociación que conduzca de manera definitiva a la solución negociada seria respaldo de manera solidaria y efectiva por el conjunto de naciones, no solo de la región, si no del mundo entero. Una gran cantidad de esfuerzos e iniciativas institucionales trabajan de manera silenciosa creando condiciones para que ese proceso madure, muchas veces, contra toda adversidad y señalamiento de las partes.  Pero, la inquietud  que surge  a cada paso es saber si, a ciencia cierta,  las partes han tomado la decisión, irreversible, de comprometerse con la solución política negociada o, esa figura,  se ha convertido en un lugar para oxigenar la guerra.

En el nuevo gobierno, la guerra se apresta para un gran cambio en su concepción política: Una reforma agraria contrainsurgente. Seguramente la nueva fase desarrollada por el Estado marchara de mano de los campesinos y no precisamente de los batallones campesinos, sino de una agresiva e “innovadora” política de tierras y agraria que sumara a las familias en acción,  los campesinos en acción, sobre todo en aquellas áreas de desarrollo estratégico en economías extractivas donde la política económica del gobierno espera encontrar los mayores recursos. La población campesina comenzará su repliegue en las zonas de conflicto hacia las políticas agrarias institucionales. La guerra militar seguirá dándose, sin grandes resultados, pero la guerra política que ha sido la más victoriosa, en los últimos años, continuara erosionando la legitimidad de los proyectos insurgentes, con su nuevo destacamento de política agraria.

Es absolutamente claro que cada momento de la guerra tiene una agenda de negociación distinta y esa agenda se ha modificado sustancialmente. La superación de las causas estructurales de la violencia de las que habla Cano, no pueden ser hoy leídas de misma manera que hace cincuenta o diez años. Y, menos, colocarlas como puerta de entrada a un proceso de negociación política, porque seguramente, esa barrera seria insuperable, lo que no significa tampoco renunciar a cambiar la situación que vive el conjuntó de la población en materia de necesidades, urgencias y ejercicio pleno de derechos.  Es absolutamente claro que este país rico es uno de los más pobres e inequitativos del mundo. Pero la solución política, debe centrarse en lo político, esto es en las maneras de profundizar la democracia en todas sus posibilidades, de tal forma,  que el conjunto de la población y de sus fuerzas democráticas y políticas, vayan encontrando la solución a los problemas estructurales de la nación que no se han podido encontrar por la vía de la guerra.

Desde esta modesta columna le hago un llamado a los secuestrados que están en las profundidades de la selva, para que en un acto humanitario, ¡liberen a las FARC!!! de tal manera que puedan tener el tiempo suficiente para pensarse en tiempo real en la  solución política negociada.